En 1834, Caspar David Friedrich regaló este dibujo al escultor francés Pierre-Jean David d'Angers, lo que nos da una fecha clara antes de la cual el artista había vuelto a utilizar la tinta marrón y el lavado como su medio principal. Friedrich se había dado a conocer con esta técnica entre 1803 y 1807, pero la abandonó en gran medida en la década de 1810, decantándose por la acuarela para sus obras acabadas. Su renovado uso del monocromo coincidió con un nuevo interés por las escenas atmosféricas a la luz de la luna, muchas de ellas, como esta, ambientadas en cementerios.
Un búho solitario, antiguo emblema de la muerte, se posa en la pala del sepulturero. Cabe destacar que Friedrich omite la puerta del cementerio y cualquier indicio de la arquitectura circundante, dejando la escena desvinculada de un lugar específico. Sin un camino visible hacia fuera, la única "salida" es espiritual: el ascenso del alma.
David d'Angers, que viajó por Alemania en 1834, buscó a Friedrich en Dresde y más tarde le hizo un retrato en medallón de bronce. En su diario, describió este dibujo con detalle, señalando incluso una mancha de tinta en la parte izquierda. Resulta que cuando le pidieron que firmara la obra, Friedrich derramó accidentalmente tinta sobre la hoja; estaba dispuesto a destruirla hasta que David d'Angers le aseguró que la marca podía pasar por un pájaro. El artista sonrió, "con esa expresión infantil que solo se encuentra entre los hombres notables de Alemania."
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