Pintado en 1886, este paisaje marino parece bastante tradicional, pero al analizarlo más a fondo, se aprecia que revela la voluntad de Monet de desafiar las convenciones tradicionales de la pintura marina. Básicamente, no utilizó el horizonte para organizar y estabilizar la composición; lo eliminó por completo, envolviendo al espectador en el accidentado paisaje de Belle-Île. Imponentes formaciones rocosas y escarpados acantilados se extienden por la parte superior del lienzo, mientras que pequeños afloramientos rocosos enmarcan el primer plano. Esta disposición comprimida crea un espacio inesperadamente íntimo y casi claustrofóbico. La estrecha extensión de agua atrapada entre las rocas se convierte en el verdadero centro de atención del cuadro, animada por innumerables pinceladas titilantes que capturan el movimiento y la energía del mar.
La composición también refleja la influencia de los grabados japoneses en madera, que ofrecieron a los artistas europeos nuevas formas de organizar el espacio pictórico. Monet se mostró especialmente receptivo a sus puntos de vista poco convencionales, sus formas recortadas y sus perspectivas aplanadas. Aquí, esas influencias se transforman en una visión claramente impresionista.
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