La pintura de hoy plasma el espíritu y la temática característicos del Impresionismo francés. Pintada en un momento álgido de la carrera artística de Renoir, la obra reinventa el retrato para la era moderna. Representa a una joven, Nini López (una de las modelos favoritas de Renoir en aquella época), absorta en una tranquila reflexión, sosteniendo un exuberante ramo de lilas cuya suavidad y brillo reflejan su presencia juvenil.
El retrato siguió siendo fundamental en la obra de Renoir a lo largo de toda su vida, pero cobró especial relevancia durante la década de 1870. En esta década, exploró la figura femenina tanto en escenas de la vida moderna como en encargos de retratos formales para la alta sociedad parisina. Ya en 1878, Camille Pissarro lo describía como uno de los principales retratistas de París, y los críticos reconocían cada vez más su contribución distintiva al género.
Para sus modelos, Renoir solía recurrir a mujeres de su propio entorno en Montmartre (lavanderas, costureras, sombrereras y modelos de artistas) y las transformaba en elegantes parisinas en sus pinturas. Nini López encarnaba su ideal de belleza femenina. Aunque se sabe poco de su vida, sus contemporáneos la describían como discreta y de confianza, con una llamativa melena dorada y rasgos refinados. Apareció por primera vez en la obra de Renoir en 1874 y continuó posando con frecuencia, sobre todo después de que él se trasladara a un estudio de la rue Cortot, donde se convirtió en una presencia central en algunas de sus composiciones más célebres, como El palco o Baile en el Moulin de la Galette.
P. D. Lee la historia de otra de las musas de Renoir: Lise Tréhot, la misteriosa belleza de las pinturas de Renoir.