Para 1914, Egon Schiele ya no permitía que sus modelos lo miraran directamente. Los rostros que antes ardían con una intensidad cruda y desafiante, un rasgo característico de su obra temprana, se habían aplanado ahora en superficies estilizadas, casi como máscaras, que ocultaban deliberadamente su identidad. La media verde es un buen ejemplo: aguada y lápiz que representan una figura inclinada cuyo rostro no nos revela prácticamente nada sobre quién es.
Quizá esa ambigüedad sea precisamente la clave. La mujer podría ser Wally Neuzil, la musa, colaboradora y amante de toda la vida de Schiele, que durante años había posado para él más que ninguna otra modelo. Pero también podría no serlo; esa incertidumbre dice algo silenciosamente devastador sobre la situación en la que se encontraba la vida de Schiele en 1914.
Por aquella época, Schiele se había quedado cautivado por sus vecinas, las hermanas Adele y Edith Harms. Eran mujeres respetables de clase media, a años luz de los círculos bohemios que había compartido con Wally. A medida que su atención se desviaba hacia Edith, su vínculo con Wally comenzó a desmoronarse; acabaría casándose con Edith en junio de 1915. Wally, consciente de lo que eso significaba, cortó todo contacto con Schiele justo antes de la boda. Nunca volvieron a hablar; ella murió en 1917, a los 23 años, mientras prestaba servicio como enfermera voluntaria durante la Primera Guerra Mundial. Él falleció en octubre de 1918, pocos días después de contraer la gripe.
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