A principios del siglo XX, Maximilien Luce, figura clave del movimiento neoimpresionista entre 1887 y 1897, empleó por última vez la técnica del divisionismo, pequeños toques de color distintos, en un grupo de unos diez cuadros que representan Notre-Dame de París vista desde el muelle Saint-Michel.
En el centro de la composición, la catedral se eleva majestuosa, resplandeciente en una paleta de tonos cálidos, principalmente naranjas, rosas y rojos, que contrastan con frías sombras azuladas representadas con delicados trazos adyacentes. Por el contrario, el terraplén y el puente de abajo quedan en la sombra, pintados con pinceladas más anchas y expresivas en tonos azul cielo, turquesa y rosa violáceo.
Luce capta el ritmo de la vida cotidiana a lo largo del terraplén: transeúntes burgueses, criadas con cestas de fruta y verdura, una abuela que guía a un niño y un aprendiz de panadero que equilibra una cesta sobre la cabeza. Vislumbramos puestos de buquinistas, un carruaje a la sombra, un ómnibus y una carretilla de mano tirada por un hombre en mangas de camisa y chaleco: una animada instantánea de la actividad cotidiana de la ciudad. Y presidiendo este bullicio fugaz, la catedral se mantiene firme, símbolo de permanencia.
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Maximilien Luce